domingo, 25 de septiembre de 2016

Luisa Valenzuela / Contaminación semántica


Luisa Valenzuela
LUISA VALENZUELA

CONTAMINACIÓN SEMÁNTICA

La vida transcurría plácida y serena en la bella ciudad de provincia sobre el lago.
A pie o en coche, en ómnibus o en funicular, sus habitantes se trasladaban de las zonas altas a las bajas o viceversa sin alterar por eso ni la moral ni las buenas costumbres.
Hasta que llegaron los hispanistas y subvirtieron el orden. El orden de los vocablos. Y decretaron, porque sí, porque se les dio la gana, que la palabra funicular como sustantivo vaya y pase, pero en calidad de verbo se hacía mucho más interesante.
Y desde ese momento el alegre grupo de hispanistas y sus colegas funicularon para arriba, funicularon para abajo, y hasta hubo quien funiculó por primera vez en su vida y esta misma noche, estoy segura, muchos de nosotros funicularemos juntos.
Y la ciudad nunca más volverá a ser la misma.




jueves, 22 de septiembre de 2016

Luisa Valenzuela / Hay amores que matan



Luisa Valenzuela
BIOGRAFÍA

HAY AMORES QUE MATAN


Para Claude Bowald

Ante lo sublime del paisaje él sintió la necesidad de expresar sin palabras lo que resonaba en su corazón desde que la conoció. Estaban en lo más alto del monte, a sus pies se encadenaban los lagos y frente a ellos, tras los lagos, la cordillera se erguía majestuosa y nevada.
Él busco por el suelo rocoso alguna mínima flor, no digamos ya un edelweiss, y sólo encontró una varita de plástico verde fluo, de esas que se usan para revolver el trago. Se la brindó a ella como una ofrenda: es mágica, le dijo.
Y ella, que compartía sus sentimientos, la aceptó como tal y para demostrárselo elevó la varita mágica en el aire y con gracioso gesto señaló el pico más alto que asomaba inmaculado a través de las azules transparencias pintadas por la lejanía.
-Quiero una mancha roja allá, conminó.
Y ambos rieron.
Quien no pudo reír en absoluto fue el alpinista solitario que perdió pie en ese preciso instante y se desplomó sobre las afiladas aristas del barranco, poniendo una mancha roja precisamente allá, en el pico más alto.
Allá donde ni los dos enamorados ni nadie lograrían jamás verla.



domingo, 18 de septiembre de 2016

Luisa Valenzuela / El abecedario




Luisa Valenzuela
BIOGRAFÍA

EL ABECEDARIO


El primer día de enero se despertó al alba y ese hecho fortuito determinó que resolviera ser metódico en su vida. En adelante actuaría con todas las reglas del arte. Se ajustaría a todos los códigos. Respetaría, sobre todo, el viejo y buen abecedario que, al fin y al cabo, es la base del entendimiento humano.

Para cumplir con este plan empezó como es natural por la letra A. Por lo tanto la primera semana amó a Ana; almorzó albóndigas, arroz con azafrán, asado a la árabe y ananás. Adquirió anís, aguardiente y hasta un poco de alcohol. Solamente anduvo en auto, asistió asiduamente al cine Arizona, leyó la novela Amalia, exclamó ¡ahijuna! y también ¡aleluya! y ¡albricias! Ascendió a un árbol, adquirió un antifaz para asaltar un almacén y amaestró una alondra. 

Todo iba a pedir de boca. Y de vocabulario. Siempre respetuoso del orden de las letras la segunda semana birló una bicicleta, besó a Beatriz, bebió Borgontildea. La tercera cazó cocodrilos, corrió carreras, cortejó a Clara y cerró una cuenta. La cuarta semana se declaró a Desirée, dirigió un diario, dibujó diagramas. La quinta semana engulló empanadas y enfermó del estómago. 

Cumplía una experiencia esencial que habría aportado mucho a la humanidad de no ser por el accidente que le impidió llegar a la Z. La decimotercera semana, sin tenerlo previsto, murió de meningitis.





viernes, 9 de septiembre de 2016

martes, 30 de agosto de 2016

Anónimo / Vuelo 6969


Anónimo
Vuelo 6069

"El vuelo 6969 con destino a Bali esta a punto de despegar'. Y entonces la preciosa azafata de uniforme rojo comienza a lanzarme miradas de soslayo, cada vez más descaradas; y poco a poco los pasajeros de este largo vuelo intercontinental se van quedando dormidos; y ella se inclina mucho cuando me sirve una copa de vino de forma que puedo verle el escote; y un rato después reparte esas mantas de aerolínea que todos tenemos en casa; y decide sentarse a descansar en el asiento vacío que tengo al lado; y se mete debajo de mi manta; y poco a poco desliza su mano por mis piernas, subiendo cada vez más mientras me da pequeños mordiscos en la oreja con sus labios pintados de carmín... Y entonces me despierto en el autobús de línea que me lleva al trabajo.



jueves, 25 de agosto de 2016

Begoña Ugalde / Nada





Begoña Ugalde
NADA

Se encuentran todos los lunes. Nunca se saludan en la superficie. Son imágenes difusas las que tienen el uno del otro porque el agua les empaña los lentes. Al principio nadan muy rápido, con ansiedad. Luego lo hacen al mismo tiempo, más pausadamente, como ahogándose y riéndose a la vez. Ella sale primero de la piscina. Se tapa con la toalla apenas sube la escalera metálica. Él espera algunos minutos. Flotando boca arriba, mira las nubes a través del techo de vidrio. En sus camarines se duchan cantando para sacarse el olor a cloro que les queda en la piel.



domingo, 21 de agosto de 2016

James Thurber / El unicornio en el jardín



James Thurber
EL UNICORNIO EN EL JARDÍN
Traducción de Camilo Hernández

Una mañana brillante, hace ya mucho tiempo, justo cuando daba inicio a su solitario desayuno, aquel hombre levantó la vista del plato de huevos revueltos para ver un unicornio blanco con un cuerno dorado que con toda la calma del mundo estaba comiendo las rosas del jardín. El hombre subió al cuarto donde todavía dormía su esposa y la despertó. “Hay un unicornio en el jardín -le dijo-. Está comiéndose las rosas.” La mujer abrió un ojo poco amistoso y lo miró. “Los unicornios son animales mitológicos”, dijo, y le dio la espalda. El hombre bajó despacio las escaleras y salió al jardín. El unicornio estaba todavía allí, ahora curioseando entre los tulipanes tiernos. “Ten, unicornio”, dijo el hombre, cortó un lirio y se lo dio. El unicornio, muy serio, se comió el lirio. El hombre subió otra vez al cuarto, orgulloso por tener un unicornio en el jardín, y de nuevo despertó a su esposa. “El unicornio -le dijo- se comió un lirio.” La mujer se sentó en la cama y lo contempló fríamente. “Estás como una cabra -le dijo-. Tendré que hacer que te metan en una casa de locos”. El hombre que nunca había sentido la más mínima atracción por las expresiones "estar como una cabra" y "casa de locos", y que le gustaban mucho menos en una mañana brillante cuando tenía un unicornio en el jardín, se quedó pensativo. “Ya veremos”, dijo y se dirigió a la puerta. “Tiene un cuerno dorado en medio de la frente”, dijo por último y volvió al jardín para ver al unicornio; pero el animal ya se había ido. El hombre se sentó entre las rosas y se quedó dormido.
En cuando su esposo salió de la casa, la mujer se levantó y se vistió lo más rápido que pudo. Estaba tan emocionada que los ojos la resplandecían de maldad. Llamó a la policía y al psiquiatra y les pidió que vinieran lo más pronto posible a su casa y que de paso trajeran una camisa de fuerza. Cuando ambos llegaron, se sentaron a escucharla con gran interés. “Mi esposo vio un unicornio esta mañana”, dijo la mujer. El policía miró al psiquiatra y el psiquiatra miró al policía. “ Me dijo que se había comido un lirio.” El psiquiatra miró al policía y el policía miró al psiquiatra. “Me dijo que tenía un cuerno dorado en medio de la frente.” A una señal del psiquiatra, el policía saltó de su asiento y entre los dos agarraron a la mujer. Pasaron trabajo para dominarla, porque opuso resistencia, pero al final lo lograron. Ya le habían puesto la camisa de fuerza cuando el marido entró en la casa.
“¿Le dijo usted a su esposa que había visto un unicornio?”, preguntó el policía. “Por supuesto que no -contestó el hombre-. Los unicornios son animales mitológicos.” “Eso era todo lo que necesitaba saber -dijo el psiquiatra-. Llévesela. Lo lamento, señor, pero su mujer está más loca que una cabra.” Así fue que se la llevaron, maldiciendo y gritando, y la encerraron en un manicomio. De más está decir que el esposo vivió feliz el resto de su vida.
Moraleja: No hay que vender la piel de la cabra antes de haberla cazado.



THE UNICORN IN THE GARDEN
by James Thurber
Fables For Our Time

Once upon a sunny morning a man who sat in a breakfast nook looked up from his scrambled eggs to see a white unicorn with a golden horn quietly cropping the roses in the garden. The man went up to the bedroom where his wife was still asleep and woke her. "There's a unicorn in the garden," he said. "Eating roses." She opened one unfriendly eye and looked at him.
"The unicorn is a mythical beast," she said, and turned her back on him. The man walked slowly downstairs and out into the garden. The unicorn was still there; now he was browsing among the tulips. "Here, unicorn," said the man, and he pulled up a lily and gave it to him. The unicorn ate it gravely. With a high heart, because there was a unicorn in his garden, the man went upstairs and roused his wife again. "The unicorn," he said,"ate a lily." His wife sat up in bed and looked at him coldly. "You are a booby," she said, "and I am going to have you put in the booby-hatch."
The man, who had never liked the words "booby" and "booby-hatch," and who liked them even less on a shining morning when there was a unicorn in the garden, thought for a moment. "We'll see about that," he said. He walked over to the door. "He has a golden horn in the middle of his forehead," he told her. Then he went back to the garden to watch the unicorn; but the unicorn had gone away. The man sat down among the roses and went to sleep.
As soon as the husband had gone out of the house, the wife got up and dressed as fast as she could. She was very excited and there was a gloat in her eye. She telephoned the police and she telephoned a psychiatrist; she told them to hurry to her house and bring a strait-jacket. When the police and the psychiatrist arrived they sat down in chairs and looked at her, with great interest.
"My husband," she said, "saw a unicorn this morning." The police looked at the psychiatrist and the psychiatrist looked at the police. "He told me it ate a lilly," she said. The psychiatrist looked at the police and the police looked at the psychiatrist. "He told me it had a golden horn in the middle of its forehead," she said. At a solemn signal from the psychiatrist, the police leaped from their chairs and seized the wife. They had a hard time subduing her, for she put up a terrific struggle, but they finally subdued her. Just as they got her into the strait-jacket, the husband came back into the house.
"Did you tell your wife you saw a unicorn?" asked the police. "Of course not," said the husband. "The unicorn is a mythical beast." "That's all I wanted to know," said the psychiatrist. "Take her away. I'm sorry, sir, but your wife is as crazy as a jaybird."
So they took her away, cursing and screaming, and shut her up in an institution. The husband lived happily ever after.
Moral: Don't count your boobies until they are hatched.





miércoles, 17 de agosto de 2016

James Thurber / Caperucita Roja

Ilustración de Javier Pérez

James Thurber
CAPERUCITA ROJA

Cuando la niña abrió la puerta de la casa de su abuela vio que había alguien acostado en la cama con el gorro de dormir puesto. No se acercó a más de unos pasos cuando se dio cuenta de que no era su abuela sino el lobo el que yacía sobre la cama, ya que, aún con el gorro puesto, el lobo se parecía a su abuela tanto como el león de la Metro-Goldwyn se parece a Calvin Coolidge. Por lo que la pequeña niña extrajo una pistola automática de la cesta y se la vació encima al lobo.




lunes, 15 de agosto de 2016

James Thurber / La mosca medio inteligente


James Thurber

La mosca medio inteligente

Traducción de Juan Ledo

“Una gran araña tejió en una casa vieja una bonita telaraña para cazar moscas. Cada vez que una mosca caía en la trampa, quedaba atrapada en ella y entonces la araña se apresuraba en devorarla, para que la siguiente mosca que pululara por allí creyera que se trataba de un lugar tranquilo y seguro donde descansar. Cierto día una mosca nada tonta zumbaba sobre la telaraña durante tanto rato sin atreverse a posarse en ella, que la araña apareció y trató de convencerla:
—Ven, párate aquí, no tengas miedo.
Pero la mosca era más lista que ella y contestó:
—Nunca me poso donde no hay más moscas, y aquí no veo ninguna—, y se marchó hasta finalmente encontrar un lugar donde había un gran número de congéneres. 

Estaba a punto de llegarse a ellas, una abeja la advirtió: 
—¡Cuidado, estúpida! Eso es papel atrapamoscas. Ahora esas pobres están presas y no pueden escapar!
—¿Presas? No seas tonta ¡Sencillamente están bailando!

Y allí se posó, para quedarse tan pegada al papel como sus compañeras.

domingo, 14 de agosto de 2016

Oscar Wilde / Un ángel




Oscar Wilde
UN ÁNGEL

-Tiene todo el aspecto de un ángel -decían los niños del Hospicio al salir de la Catedral, con sus brillantes capas escarlata y sus limpios delantales blancos, contemplando la estatua del Príncipe Feliz.
-¿Por qué lo dicen? -replicaba el profesor de matemáticas-. Nunca han visto ninguno.
 -Oh, lo hemos visto en sueños -contestaban los niños.
El profesor de matemáticas fruncía el entrecejo y tomaba un aire severo, pues no podía aprobar que los niños soñaran.

Oscar Wilde
El Príncipe Feliz






viernes, 12 de agosto de 2016

Oscar Wilde / Guerra



Oscar Wilde
GUERRA

... Y de los pigmeos que navegan sobre un gran lago en anchas hojas lisas y están siempre en guerra con las mariposas.

Oscar Wilde
El Príncipe Feliz
Gadir, Madrid, 2009, p. 50 




martes, 26 de julio de 2016

Julio Cortázar / Unos dientes muy finos




Julio Cortázar
Biografía
UNOS DIENTES MUY FINOS

Se sabe de un viajante de comercio a quien le empezó a doler la muñeca izquierda, justamente debajo del reloj de pulsera. Al arrancarse el reloj, saltó la sangre: la herida mostraba la huella de unos dientes muy finos.

Julio Cortázar
"Instrucciones-ejemplos sobre la forma de tener miedo"
Historias de cronopios y de famas
Cuentos completos, Volumen I


jueves, 14 de julio de 2016

Jonathan Littell / Adolf-Hitler-Platz


Ilustración de Triunfo Arciniegas

Jonathan Littell
ADOLF-HITLER-PLATZ

Estábamos a finales de noviembre; en la ancha plaza circular, a la que habían cambiado el nombre para llamarla Adolf-Hitler-Platz, una nieve gris y pálida, como mordiscos de luz, caía despacio desde el cielo de mediodía. Una mujer colgaba de una cuerda muy larga desde la mano de Lenin; unos niños jugaban debajo y alzaban la cabeza para mirarle bajo las faldas.


Jonathan Littell
Las benévolas
RBA, Barcelona, 2007, p. 178


Jonathan Littell / Hospital Pavlov
Jonathan Littell / Una mujer casi desnuda
Jonathan Littell / Seiscientos locos
Jonathan Littell / La sala del teatro
Jonathan Littell / Adolf-Hitler-Platz



sábado, 9 de julio de 2016

Jonathan Littell / La sala del teatro



Jonathan Littell
LA SALA DEL TEATRO

También aquí había habido combates: habían agujereado las paredes para acondicionar puestos de tiro, los pasillos permanecían sembrados de casquillos y de cajas de municiones vacías; en un palco, dos cadáveres rusos que nadie se había molestado en bajar, seguían desplomados en sendas butacas, como si esperasen el comienzo, continuamente pospuesto, de una obra.


Jonathan Littell
Las benévolas
RBA, Barcelona, 2007, p. 409



Jonathan Littell / Hospital Pavlov
Jonathan Littell / Una mujer casi desnuda
Jonathan Littell / Seiscientos locos
Jonathan Littell / La sala del teatro
Jonathan Littell / Adolf-Hitler-Platz



lunes, 4 de julio de 2016

Jonathan Littell / Seiscientos locos


Jonathan Littell
SEISCIENTOS LOCOS

No obstante, el Vorkommando no había estado ocioso. Lo primero que hizo fue gasear, en un camión Saurer, a más de seiscientos pacientes de un hospital psiquiátrico que podían causar desórdenes; habían intentado fusilar a algunos, pero eso había traído consigo un incidente: uno de los locos empezó a correr en círculo, y el Hauptscharführer, que intentaba matarlo de un disparo, hizo fuego por fin cuando uno de sus colegas estaba en la línea de tiro; la bala le atravesó la cabeza al loco e hirió en el brazo al suboficial.


Jonathan Littell
Las benévolas
RBA, Barcelona, 2007, p. 238



Jonathan Littell / Hospital Pavlov
Jonathan Littell / Una mujer casi desnuda
Jonathan Littell / Seiscientos locos
Jonathan Littell / La sala del teatro
Jonathan Littell / Adolf-Hitler-Platz